Un romance a medias
Ago
15
2008
Salí de la ducha, me até la toalla a la cintura como si fuese una falda anticuada, y caminé descalzo los seis pasos que me separaban del clóset. Apoyándome en los talones para salvar a mis pies del gélido frío de las mayólicas, me puse a revisar el cajón de ropa interior para elegir mi íntima indumentaria nocturna. Eran las 10 de la noche de un sábado muy reciente. En la radio Robbie Williams se desgañitaba ladrando Rock DJ, y yo movía las caderas quedamente para evitar que la toalla se me cayese. No sé por qué, pero no soporto estar mucho tiempo desnudo delante de mí. Me incomoda verme calato.
Mi plan era asistir al cumpleaños de un amigo muy querido. Cumplía 31 años, uno menos que yo. Lamentablemente (para mí), su reunión no prometía mucho. Es más, a esa hora ya era fácil adivinar el soporífero escenario que me esperaba: muchas parejas sentadas en una sala, poca gente soltera por conocer, música noventera, más vodka que cerveza, más cerveza que whisky, y una escasa provisión de piqueos, bocaditos y snacks. O sea, lo de siempre. En el mejor de los casos, habría una torta, aunque eso –a los 40 años– digamos que ya no se estila. Se ve muy ñoño, muy ganso, muy calzonudo que tu vieja salga de la cocina con un chifón bañado con crema, adornado por una solitaria vela simbólica, de esas que nunca se apagan. (Es curioso, porque si es tu novia la que prepara el pastel y arma la fiesta, todos aplaudan y cantan happy birthday con cinematográfico entusiasmo, pero si la organizadora es tu mamá, todo parece un chiste involuntario).
El tema es que ahí, parado semidesnudo delante del closet, miraba la ropa interior con lógico desgano, como quien analiza una mercancía de segunda mano, tratando de encontrar el brillo de algún objeto valioso. Me martillaba la intuición de que esa noche no me acostaría con nadie; de que sería una nueva velada sin sexo; y de que amanecería en mi cama, sin más compañía que mi vieja almohada rellena de plumas. Quizá fue por eso que automáticamente elegí un calzoncillo pobretón, raído, de elástico fláccido, marca Boston, estilo bikini, azul, ya desteñido por la lejía. Con seguridad, el calzoncillo menos varonil del mundo.
Bah –pensé, con forzada resignación– si no voy a desnudarme delante de nadie, para qué malgastar mi reducido lote de bóxers sensuales. Mejor me pongo este adefesio y listo.
Con la misma lógica y apatía, seleccioné un viejísimo par de medias, de esos que lamentas en el alma haberte puesto cuando en el area de Migraciones de un aeropuerto un agente bravucón te obliga a que te quites los zapatos, y tú te resistes, necio, prefiriendo que los turistas a tu alrededor te confundan con un peligroso burrier antes de que sepan que eres un pezuñento con medias rotas.
Pero no era el caso: yo no me iba al Aeropuerto, sino a una estúpida reunión, donde nadie se fijaría en cuán moderna o no era mi lencería. Opté, entonces, por un vestuario fantoche: por fuera muy arregladito y perfumado, pero por dentro mi ropa toda era una calamidad.
Llegué a la casa de este amigo cuarentón, y media hora después ya quería irme: había dado cuenta de los bocaditos y de las cervezas y me había fatigado iniciando y acabando conversaciones con unas chicas un poco angustiadas y mojigatas que tuvieron la mala suerte de sentarse a mi lado.
Ya me disponía a largarme sin anunciarlo cuando decidí ir al baño para aliviar las urgencias prostáticas que las varias cervezas tomadas desencadenaron. Además, el baño estaba cerca de la puerta de salida, así que podía entrar, salir y fugarme sin que nadie se percatase.
Había alguien adentro que se demoraba más de la cuenta. Pegué el oído para tratar de identificar qué cosa estaba haciendo el usuario. No se oía nada en particular. Dejé pasar unos minutos y luego toqué la puerta sin amabilidad. Pum, pum. La puerta se abrió y, para mi sorpresa, detrás de ella apareció una chica que era –lo juro– la clon de Pocahontas. Morenita, pelo largo, ojazos, cintura fina, botas sin taco.
Mi cara de meón enojado se deshizo apenas sus ojos me enfocaron. Desde luego que ni siquiera entré al baño, sino que empecé a conversarle ahí mismo, mientras la música de fondo (Sin Documentos, de Los Rodríguez) se confundía con el ruido del chorro de agua por el jalón de la cadena producido.
Conversamos muchísimo. Se llamaba D. Acababa de cumplir 24 años y hacía uno que vivía con una amiga en un departamento de San Borja. Era casi bachiller en Psicología. Le dije que nunca la había visto en la casa de mi amigo, y con una demoledora carita de culpa me confesó que había caído de paracaidista, pero que se estaba aburriendo un poco.
A esas alturas las ganas de mear se habían diluido, o mejor aún, habían sido completamente neutralizadas por bombazos de adrenalina que salían de mi pecho como fuegos artificiales. Los caprichos de mi corazón le habían ganado el duelo orgánico a las necesidades de mi uretra.
–Yo también estoy medio sota, ¿por qué no nos robamos unas cervezas y nos vamos por ahí?
–Qué significa exactamente “por ahí”, preguntó D, con astuta malicia.
–No sé, por ahí. Ya vemos, planteé con soltura.
[[Por dentro, mis verdaderos pensamientos se agazapaban: quería ir a su depa de San Borja, besarla hasta que me doliera la boca y pasar todo el invierno en su colchón]].
–Ya, pues, ¿estás con carro?
–Sí, pero mejor vamos en taxi. He tomado un poco y preferiría evitar cualquier roche.
–Ya, claro, mejor. Qué bueno que pienses así.
Por supuesto le dije lo de irnos en taxi por purita estrategia. No porque creyera verdaderamente que podría cometer una irresponsabilidad manejando ebrio (que, sin duda, es una tetuda irresponsabilidad), sino porque en un taxi tenía más campo de acción para insinuarme, abrazarla y ver si ella accedía al prometedor juego licencioso que ya nuestras miradas y sonrisas venían anunciando.
Subimos al asiento trasero del taxi, destapé dos de las cervezas birladas a mi amigo y –chin, chin– chocamos las botellitas, haciendo ese brindis idiota (pero muy efectivo) que dice que si no miras a los ojos a la otra persona pasarás siete años de mal sexo.
Sentí que todo fluía, como debe ser, como mandan los cánones de la seducción: con impagable naturalidad.
–Sabías que te pareces a…
–Ay, no me digas… ¿a Pocahontas?, me interrumpió ella, con voz de flojera
–Sí, ¿por?…
–Qué poco ocurrente, todos los chicos dicen lo mismo…
Sus palabras fueron un doloroso puñal desollando el centro de mi ego. Hubiera preferido que me mente la madre tres veces antes de decirme “poco ocurrente”. Para un supuesto escritor como yo –que tiene un cierto aprecio por las infrecuentes ocurrencias que desperdiga– esa frase, más que un insulto, era todo un epitafio. “Aquí yace el poco ocurrente de…………”. Dios. Si hasta podía ver la inscripción en la lápida.
Un brutal frenazo del taxista me distrajo de mi mortuoria visión.
–¡¡Mierda!!, gritamos los dos, tras el samacón
La cerveza salpicó por todos lados y nos mojamos (bueno, hacía un buen rato que yo ya estaba un tanto húmedo, y –ejem– no precisamente de cerveza)
Fue un momento chistoso. Una escena típica de película barata. Y lo que cualquier respetable guión chabacano hubiera incluido a continuación era –como es lógico– un agarre, un beso brutal y despiadado. Pero, claro, la vida no siempre es una película romántica, ni un taxi cochambroso el mejor set para filmarla. Fue por eso que cuando me acerqué a la boca de Pocahontas, ella alejó su cara, tomó mi mentón con la mano y, sonriendo, enderezó mi cara como diciendo “no te confundas, compadrito”.
Qué microsegundo para horrible. Intentar dar un beso y fallar es humillante. Después de eso, todas las revoluciones adrenalínicas desaparecieron y los músculos del pecho se afofaron. Estaba triste. Para colmo, me volvieron las ganas de mear. Tratando de distraerme, le pedí al taxista que suba el volumen. Por el espejo retrovisor noté que él –zambo, bigotón, de unos 42 años– me miraba como compadeciéndome.
Sorpresivamente, D propuso que vayamos a su departamento. Cuando la oí me alegré, pero por dentro pensaba: para qué más torturas, para qué me lleva a su guarida si no quiere darme ni un beso, qué es lo que quiere, ¿hacerme sufrir?
Yo quería que llegáramos rápido a su casa, no tanto para intentar una segunda oportunidad de seducirla, sino más bien para descargar mi vejiga. Por eso, ni bien crucé la puerta de entrada le pedí el baño. Con la próstata aliviada, procedí a lavarme la cara para, no sé, renovar el ánimo caído. Estaba bien, lo aceptaba, si ella no quería darme un beso tampoco iba a desaparecer como un enfermo maniático que solo piensa en sexo. Salí del baño dispuesto a conversar, a hablar, a escucharla, a hacer eso que tanto reclaman las mujeres. Si no podía ser a mi manera, Pocahontas, que sea a la tuya, pensé.
Pero quién carajo entiende a las mujeres. Ni bien salí del baño, D me atacó por la espalda, pellizcándome el poto. Giré de inmediato y ella se abalanzó sobre mí para besarme. Sin reacción posible, solo me dejé llevar. Lentamente fuimos avanzando (o retrocediendo, es difícil precisarlo) hasta que caímos en un sofá. Ella estaba hecho una fiera: me arañaba la espalda, me mordía, paseaba su lengua por toda mi cara como si en vez de un chico fuera una paleta de caramelo. Era psicóloga, pero se comportaba como loca. Ni siquiera me daba aire ni oportunidad para decirle una de esas frases cortas ideales para esos combates cuerpo a cuerpo: “me encantas”, “me gustas un huevo”, “me excitas”, o cualquier huachafería parecida.
La cosa se puso algo violenta. La que pudo ser una tierna escena sentimental se convirtió en un grosero round de lucha libre. Nos caímos al suelo, nos revolcamos, cambiamos de posición. Luego comenzamos a desvestirnos. Ella se sacó la blusa, yo la camisa. Ella me arrancó la correa, yo le retiré el sostén (desabrochándolo al primer intento, eso es clave, sino quedas como mongo). Pero no fue sino hasta el momento en que ella desabrochó mi pantalón que tomé conciencia de lo que iba a suceder: vería mi calzoncillo de mendigo y se espantaría.
Traté de demorar ese trámite vergonzoso sacándome los zapatos, pero solo conseguí el efecto contrario, pues los dedos gordos de mis pies asomaron a través de los agujeros de mis medias marchitas. Por acto–reflejo, doblé los dedos, contrayéndolos, para que ella no se diera cuenta de la desgraciada condición de mi vestuario íntimo.
Le insistí tercamente que apagara las luces, pues solo en la oscuridad podría moverme como un pez en el agua. Ella felizmente accedió y de un salto fue, pulsó el interruptor y volvió. El resto fue pura magia silvestre. Del suelo al sofá, del sofá a la cama, con una breve escala técnica en la cocina. Una gran velada de sexo. Nunca una psicóloga me ofreció mejor terapia.
A la mañana siguiente, yo roncaba como un zángano. Las cortinas estaban cerradas, lo cual nos proveía de una dotación de oscuridad muy conveniente. Mi calzoncillo viejo y mis medias rotas andarían por ahí, confundidos con las sombras de los objetos de la habitación.
Recuerdo estar bostezando cuando D me aplicó un raudo codazo y, al grito de “rápido, cámbiate, tienes que irte”, pasó a informarme que su ‘roomate’ acababa de llegar, lo cual hacía peligrar mi permanencia en tan acogedor lugar. Me molestó que me botara como un perro solo para no poner en riesgo su imagen puritana delante de su amiguita, pero no hice mayor reclamo.
Me bajé de la cama y tanteando a ciegas traté de identificar velozmente las prendas chorreadas que me faltaban. Esgrimiendo una sonrisita que solo yo entendía, me coloqué el calzoncillo feo que ella nunca vio, me calcé el pantalón, me puse las medias en tiempo record, hundí los pies en los zapatos al tiempo que abrochaba mi camisa y listo. En menos de cinco minutos ya había escapado de la casa de Pocahontas.
Esta habría sido una noche magnífica si no hubiera sido por lo que ocurrió a continuación. Llegué a mi casa para dormir el sueño que D interrumpió al aplicarme un codazo en las costillas. Me desvestí de nuevo y al momento de quitarme los zapatos vi con absoluto espanto que mis medias no tenían sus legendarios huecos a la altura de los dedos gordos. De hecho, ni siquiera eran mis medias. Eran las medias de D, las que traía debajo de esas botas sin taco. Con el apuro y con la escasísima luz que filtraban las cortinas, había confundido las mías con las suyas.
Sentí un hincón de vergüenza profunda en el estómago. El hincón se acentuó mucho más al recordar el estado horrendo de mis calcetines: perforados, con manchas de talco pegoteadas por el sudor, y con la parte del talón debilitada por el uso frecuente. Imaginé con dolor el instante en que D encontraba en el suelo de su cuarto ese par de escarpines infectos, ese par de culebras de hilo, las inspeccionaba con asco, las acercaba a su nariz y emitía un aullido de repugnancia.
De todos los bochornos con mujeres que la vida me ha deparado en estos 40 años –y que no han sido pocos– ninguno podría superar este. Ninguno.
Renato cisneros